jueves, 26 de enero de 2012

El pueblo de Caín

Más que un testimonio de sobrevivencia escribo esto para que estén informados de lo que ocurre en este lugar. Hace dos semanas accidentalmente mi hermano y yo, luego de haber estado manejando sin rumbo por la carretera, llegamos a una ciudad atrapada en el tiempo. Una corazonada me decía que continuemos, pero la curiosidad nos venció y decidimos quedarnos tan solo una noche.

-Su comida- la pequeña ventanilla de la puerta de metal se abrió y dejó entrar un plato despostillado con comida indigerible –tiene media hora- luego se cerró.

No alcé la mirada, estaba más interesado recapitulando lo sucedido. Observé la hoja con detenimiento, estaba limpia y mi letra era legible a pesar de estar escrito con el excremento de las aves que llegaban por la única ventana que trasmitía luz.

“Si tan solo no hubiera sido un cobarde”. Unas lágrimas gruesas corrieron por mi rostro y todos los sentimientos reprimidos salieron sueltos, incontenibles e indomables. Esa noche nos detuvimos pensando descansar después del largo recorrido. El pueblo era pequeño -con no más de veinte casas- y estaba corroído por la humedad del mar; estaba más habitado por mujeres que hombres; y poseía un raro puerto, ya que este tenía extrañas escrituras en todas sus paredes.

-Parece que nos ganamos la lotería- rió mi hermano entre dientes –aquí todas las mujeres son bellas y abundan-

-La idea es solo quedarnos una noche Javier, no quiero venir a visitar a mis sobrinos a este pueblo desolado-

-Oh, vamos- me palmeó la espalda –yo sé que lo harías por tu querido hermano-

Al día siguiente nos encontramos con una situación imprevista: había dejado las llaves dentro del auto. Hice memoria toda la mañana, y recordaba bien que haberlas visto sobre el velador al lado de la cama. Ese día se fue como agua, pues no había un mecánico en el pueblo, y por más que insistimos, la posadera nos dijo que esperemos hasta la mañana siguiente.

Algo confundido y con la esperanza de encontrar al mecánico al día siguiente me dormí, sin embargo, al despertar me di con la sorpresa de que el mecánico había fallecido en el camino. La posadera volvió a insistir en que nos quedemos esa noche, prometiéndonos no cobrarnos la estadía deldía.

-No se preocupe- dijo la posadera –para mañana todo va salir bien, tenga fe-

Hubiera deseado no despertar ese día. Cuanto daría por haberme despertado unos minutos antes, observar el semblante de mi hermano y decirle que corríamos un grave peligro. Estoy seguro que de una u otra forma habríamos salido de este aprieto juntos, como siempre lo hacíamos. Ahora él ya no está entre los vivos y yo estoy pudriéndome en esta celda día tras día esperando mi muerte. Desde pequeño siempre he escuchado que la familia debe estar primero, pero deben entender que lo hice para sobrevivir.

-Oye no escuchas algo- murmuré medio dormido –Javier- le sacudí el hombro. La puerta se abrió de par en par e ingresaron un grupo de mujeres con los rostros cubiertos, las cuales nos sacaron a rastras. Ya en el vestíbulo nos hicieron arrodillar y nos vendaron los ojos. En seguida nos expusieron al frío de la madrugada. Estuvimos caminando al menos unos quince minutos, luego nos detuvimos cerca al mar, pues se escuchaba el romper de las olas contra las rocas.

-Bien- se escucharon pasos –comencemos, quítenles las vendas-

Miré a mi alrededor y no pude reconocer a nadie más que a mi hermano. Él me observó confundido. Iba a decir algo pero la mujer que estaba de pie sobre la mesa lo silenció -la única que habla aquí soy yo- se descubrió el rostro. Era la posadera, sus ojos grises ya no expresaban cordialidad, ahora estaban envenenados de odio e indiferencia. Bajó de la mesa y se aproximó a nosotros, nos miró con detenimiento y con la mano llamó a alguien.

-¿Ya está listo?- preguntó a una joven, la cual asintió –bien, vamos-

Ya afuera me di cuenta dónde estábamos; la noche le daba una imagen lúgubre y sombría al puerto, es más, en ese momento creía que íbamos a perecer a manos de estas extrañas mujeres en ese mismo lugar.

-Escúchenme atentamente hombres- alternó su mirada entre ambos -han sido escogidos como sacrificio para el gran océano, sin embargo solo uno morirá, así que piensen bien- luego de eso nuestras captoras formaron un círculo y nos llevaron al centro -tienen cinco minutos-. Nos miramos fijamente sin pensar que decir, ¿teníamos qué elegir entre ambos? Pero si éramos hermanos. Javier rompió el silencio, rápidamente se aclaró la garganta y me dijo –tú ve- bajó la mirada -vive tú-

-¿Qué?- un aire refrescante recorrió mi rostro, de alguna manera me sentía aliviado -¿estás seguro?- intenté fingir preocupación

-Eres mi hermano, ¿Qué esperas que haga?- su mirada fue seria

-Ya fue suficiente- intervino la posadera -¿Qué han decidido?-

–Yo voy – respondió mi hermano

-Bien- suspiró decepcionada la posadera –desaten al otro-

Dos mujeres me quitaron las sogas, pensé que ahí terminaba todo, pero tenían otro plan. Nos llevaron a la orilla del mar e inmediatamente metieron a mi hermano hasta donde todavía podía mantenerse de pie.

-Metan al otro- ordenó la líder

-Ese no era el acuerdo- grite asustado intentando resistirme

-Nosotras no nos ensuciamos las manos- un escalofrío recorrió mi espalda -tú lo vas a ahogar-

-¡No!- chillé – ¡no lo voy hacer!-

-Entonces ambos morirán, tú decides-

Me acerqué a mi hermano, él me miraba seguro, sin expresar temor. Volví la mirada hacia el gran grupo de mujeres, inseguro de lo que estaba a punto de hacer. Mis manos temblaban, quería vivir pero a qué precio. Cerré los ojos y sumergí su cabeza en el agua. Al inicio pensé que los remordimientos iban a detenerme, pero mi deseo de vivir fue mucho más fuerte y se fue fortaleciendo cuando empecé a notar que mi hermano dejaba de patalear. En algún momento creí escuchar a mi hermano decir que quería vivir, pero si fue verdad no hice caso.

Si en ese instante hubiera sabido que no iba a ser libre, nunca hubiera cometido tal atroz crimen. Fui engañado por ellas y Javier fue el que sufrió las consecuencias. Mi hígado revienta de cólera de tan solo pensar cómo fuimos utilizados para su diversión, pues después de que se comprobó que estaba muerto, ellas rieron a grandes carcajadas como si de un día feliz se tratara.

-Fuera luces- gritó la guardia que custodiaba mi celda, tomándome por sorpresa a mitad de mi escrito –duerme bien, mañana es tu día-

El décimo quinto día de encierro amaneció con un sol abrasador. La puerta de metal se abrió inesperadamente y mostró a una mujer de cabellos negros sujetados por un pañuelo. Yo me encontraba tendido en el suelo sin haber terminado de tomar conciencia de lo que sucedía. Como esa noche, me sacaron, me vendaron y caminamos un largo rato hasta que súbitamente nos detuvimos.

-Bien eres libre- las vendas cayeron; al frente mío estaba la posadera jugando damas con su marido.

-¿Disculpa?- la miré extrañado -¿Qué acabas de decir?-

-Eres libre de irte de esta ciudad, aunque me temo decirte que no eres libre del asesinato de tu hermano-

-¡Ustedes me obligaron, malditas!- alcé la voz

-No, te equivocas- posó su soberbia mirada sobre mí –el único culpable aquí eres tú, el que tomó la decisión de matarlo fuiste tú- volvió a mover otra ficha –si tú hubieras sido el que te sacrificabas por la vida de tu hermano ambos se hubieran salvado, pero tú decidiste elegir tu bien - una sonrisa se dibujó en su rostro –eres como mi marido, él sacrificó a su esposa por su vida- el hombre no me miró –al fin y al cabo los de tu tipo son iguales; pero te vamos a dar una oportunidad- me volvió a mirar –tienes dos opciones: el irte y vivir con el peso de tu conciencia, o quedarte y vivir para nosotras y por nosotras-

Esa misma tarde recogí mis cosas de la habitación, me detuve un momento al observar las cosas de mi hermano, pensando en la decisión que estaba tomando. Una sonrisa se dibujó en mi rostro, era libre de tomar la decisión que quería.

martes, 24 de enero de 2012

Memorias de la Nana

Nunca supe cómo llegué a ese lugar. El portón alto y de plomo se alzaba imponente en medio de la calle y, en una esquina superior, un letrero muy pequeño de metal mostraba los números 1355. Esta era la casa que guardaba todos mis recuerdos de los cinco años de mi vida en Huancayo. Tuve una infancia feliz y placentera al lado de mi hermana gracias al gran patio que ocultaba el gran guardián plomo, y que nunca mas volvería a ver, porque ahora pertenecía a otra familia. Era de noche, me puse la capucha antes de darle otro vistazo a la gran puerta de metal. “Será mejor que tome un taxi, Mariana debe estar preocupada” suspiré, aturdida por el frío.

Ya en la calle principal, los recuerdos fluían sin control: campamentos improvisados que muchas veces se arruinaban por la lluvia, los intentos fallidos de regar las plantas sin ahogarlas, las veces que le jugué una broma a mi hermana; cómo olvidar cada buen momento que pasamos ambas en ese lugar. Daba un poco de pena saber que no era nuestro, saber que los nuevos habitantes no cuidarían nuestro preciado patio de juegos… ¿Quién sabe qué harían con ese gran pedazo de tierra? Pues así era como lo veían ellos, al fin y al cabo eran adultos y nunca estarían capacitados de entender todo lo que significaba para nosotras. Ahora me arrepiento; si tan solo hubiera sido adulta en esa época lo hubiera comprado y no dejaría que ningún ser humano toque nuestros queridos recuerdos, nadie los destruiría ni los marchitaría, las mismas flores y el mismo pasto crecería libre y ambas volveríamos de tanto en tanto a sentarnos sobre él, a sonreír con una gran sonrisa boba e inocente sin razón alguna.

-Al hotel “los balcones”-

-¿El que está al costado de la cafetería Coqui?- preguntó el taxista, mirándome por el espejo retrovisor.

-Sí, ese mismo- no le devolví la mirada, estaba preocupada por sacar mi celular del bolso.

-¿Aló?- preguntó la voz al otro lado de la línea

-Soy yo-

-¿Dónde estás?- inquiría preocupada –ya deberías estar en el hotel-

-Lo sé- respondí –solo que llegue a un lugar especial, el destino quiso que me despida de una vez por todas- sonreí

-¿Ah, de que estás hablando?- imaginé su cara confundida y comencé a reír

-No te preocupes, ya te contaré-

Dejé a mi hermana con la duda en la cabeza, pero tenía una corazonada de que ella ya sabía, pues siempre nos habíamos jactado de entendernos sin necesidad de cruzar ni una palabra. El carro entró por la calle Real y luego dobló a la altura del parque Constitución, para después perderse entre las pequeñas callecitas que ocultaba la gran catedral huancaína, y quien sabe que otras cosas ocultaba de esta vida.

-Llegas tarde- me fulminó con la mirada cuando me abrió la puerta –debes llamar cuando vas a demorar-

-Lo siento, pero el destino me llevo hasta nuestro gran patio de juegos- me quité los zapatos –sabes, el portón plomo no ha cambiado-

-Camila- suspiró –será mejor que duermas, mañana tenemos un largo día-

-Lo sé- me puse el camisón de pijama -¿llamaste a Maricarmen?-

-Sí, nos espera a las seis en su casa-

-Oh, vale- cerré los ojos y me dormí.

Desperté cuando las cortinas se corrieron, Esteban ya se había levantado y estaba por ingresar a la ducha.

-¿Ya estás despierta?- me saludó con un beso en la frente

-Ahora lo estoy- me estiré para quitarme el sueño -¿los chicos ya se levantaron?-

-No todavía están durmiendo- abrió la llave de la ducha -déjalos están de vacaciones-

-Sabes que a su edad lo máximo para mí eran las ocho de la mañana- me apoyé en el marco de la puerta del baño –los estas malcriando, después cuando sean grandes no me digas que yo fui la culpable-

En silencio fui a revisar lo que estaban haciendo los niños: Elena y Sofía dormían profundamente, debían estar cansadas, pues ayer habían tenido ballet. Matías ya estaba despierto, me saludo cuando sintió la puerta abrirse y continuo con su juego; a pesar de su corta edad poseía una gran imaginación que sus hermanas mayores envidiaban.

-¿Qué quieres desayunar, mi amor?- le acaricié la cabeza

-Tortillas de huevo con hot dog- su concentración era digna de admirar, reí un poco y luego lo dejé.

Ya en el desayuno, toda la mesa estaba llena de conversación y alboroto, cada uno se servía con su propia mano, a excepción de Matías, pues todavía tenía que ayudarle un poco.

-Mamá, he tenido un sueño extraño- dijo Sofía, mientras se servía un pedazo de tortilla.

-De qué se trataba-

-Soñé que estaba jugando con Elena en un patio enorme y verde… y nos divertíamos mucho-

-Ya veo- miré a Matías -¿quieres más o menos?-

-Más- contesto él

-¿Mamá, me estas escuchando?- inquirió Sofía

-Si te estoy escuchando- la miré –continua-

-No parece, pero bueno- suspiró –lo extraño fue que cuando estábamos acampando en el patio empezó a llover y tuvimos que ingresar a la casa, pero era imposible, pues un gran portón plomo nos impedía la entrada-. Me quede helada, había tenido un sueño parecido, es más el sueño de Sofía tenía una conexión directa.

-¿Cómo has dicho?-

-Nada… y que no pude entrar- tomó un sorbo de su leche –y me desperté-

-Tu tampoco has podido entrar al patio- intervino Elena sin mirarme

-¿Qué?- me puse pálida, sentí que este mundo ya no me pertenecía más

Cerré los ojos y cuando los abrí el comedor estaba vacío. Los asientos donde alguna vez estuvieron mis hijos no estaban, de hecho parecía que nunca habían existido.

debo despertarme

Abrí los ojos y me encontré en la oscuridad de la habitación, miré el reloj de la mesa de noche, eran las cuatro de la mañana.

-¿Qué pasa?- la lámpara se prendió y mostró a un joven a mi lado.

-¿Quién diablos eres?- me puse en pie de un salto -¿Dónde está Mariana?- miré a mi alrededor, no reconocía el lugar.

- Eh… soy Esteban, tu esposo-

-¿Así?- caí sentada en el suelo -¿Tenemos hijos?-

-No, acabamos de casarnos- me miró extrañado -¿estás bien?-

-No-

Fui al baño, abrí el caño y me mojé la cara. En el espejo no estaba mi reflejo, pero por alguna razón eso no me espantaba, al contrario, me parecía más normal que el haber despertado al lado de un completo extraño.

despierta de un condenada vez

El viento helado me despertó. Abrí los ojos confundida, no estaba segura de dónde estaba.

-Mamá, te hemos estado buscando por todos lados- una mujer muy guapa me miraba con cara de desaprobación –no sabes cómo lo has puesto a papá-

-¿Elena?- sí, la reconocía, es más, sabía su nombre.

-¿Quién más crees que soy?- miró mi regazo -¿estabas viendo las fotos?-. Bajé la mirada, en mi falda había un álbum de fotos de pasta marrón, -eso creo- musité volviendo en mí.

Subimos a la sala, yo llevaba el álbum bajo el brazo, planeaba mostrarlo a toda la familia, pues no siempre se tenía la oportunidad de compartir estos preciosos recuerdos sin que el tiempo te reclame.

-¿Qué tienes ahí, nana?- una inquieta Luciana perdía el control de sus impulsos por la curiosidad -¿puedo ver?- sus ojos brillaron.

-Lu, deja a la abuela que ella te lo enseñe- dijo una Sofía más madura y más sofisticada -¿verdad, mamá?-

-Uhmm- asentí con la cabeza –este es el culpable de que me haya sumergido hace un rato en profundos recuerdos distorsionados- reí, satisfecha de haber llegado por fin a mi época, a mi tiempo. Me senté en medio del sofá, en medio de mis nietos, en medio de toda mi familia y me sentí llena. Cada momento vivido había sido maravilloso, pero este en especial, era el más precioso, pues este era mi presente.