Más que un testimonio de sobrevivencia escribo esto para que estén informados de lo que ocurre en este lugar. Hace dos semanas accidentalmente mi hermano y yo, luego de haber estado manejando sin rumbo por la carretera, llegamos a una ciudad atrapada en el tiempo. Una corazonada me decía que continuemos, pero la curiosidad nos venció y decidimos quedarnos tan solo una noche.
-Su comida- la pequeña ventanilla de la puerta de metal se abrió y dejó entrar un plato despostillado con comida indigerible –tiene media hora- luego se cerró.
No alcé la mirada, estaba más interesado recapitulando lo sucedido. Observé la hoja con detenimiento, estaba limpia y mi letra era legible a pesar de estar escrito con el excremento de las aves que llegaban por la única ventana que trasmitía luz.
“Si tan solo no hubiera sido un cobarde”. Unas lágrimas gruesas corrieron por mi rostro y todos los sentimientos reprimidos salieron sueltos, incontenibles e indomables. Esa noche nos detuvimos pensando descansar después del largo recorrido. El pueblo era pequeño -con no más de veinte casas- y estaba corroído por la humedad del mar; estaba más habitado por mujeres que hombres; y poseía un raro puerto, ya que este tenía extrañas escrituras en todas sus paredes.
-Parece que nos ganamos la lotería- rió mi hermano entre dientes –aquí todas las mujeres son bellas y abundan-
-La idea es solo quedarnos una noche Javier, no quiero venir a visitar a mis sobrinos a este pueblo desolado-
-Oh, vamos- me palmeó la espalda –yo sé que lo harías por tu querido hermano-
Al día siguiente nos encontramos con una situación imprevista: había dejado las llaves dentro del auto. Hice memoria toda la mañana, y recordaba bien que haberlas visto sobre el velador al lado de la cama. Ese día se fue como agua, pues no había un mecánico en el pueblo, y por más que insistimos, la posadera nos dijo que esperemos hasta la mañana siguiente.
Algo confundido y con la esperanza de encontrar al mecánico al día siguiente me dormí, sin embargo, al despertar me di con la sorpresa de que el mecánico había fallecido en el camino. La posadera volvió a insistir en que nos quedemos esa noche, prometiéndonos no cobrarnos la estadía deldía.
-No se preocupe- dijo la posadera –para mañana todo va salir bien, tenga fe-
Hubiera deseado no despertar ese día. Cuanto daría por haberme despertado unos minutos antes, observar el semblante de mi hermano y decirle que corríamos un grave peligro. Estoy seguro que de una u otra forma habríamos salido de este aprieto juntos, como siempre lo hacíamos. Ahora él ya no está entre los vivos y yo estoy pudriéndome en esta celda día tras día esperando mi muerte. Desde pequeño siempre he escuchado que la familia debe estar primero, pero deben entender que lo hice para sobrevivir.
-Oye no escuchas algo- murmuré medio dormido –Javier- le sacudí el hombro. La puerta se abrió de par en par e ingresaron un grupo de mujeres con los rostros cubiertos, las cuales nos sacaron a rastras. Ya en el vestíbulo nos hicieron arrodillar y nos vendaron los ojos. En seguida nos expusieron al frío de la madrugada. Estuvimos caminando al menos unos quince minutos, luego nos detuvimos cerca al mar, pues se escuchaba el romper de las olas contra las rocas.
-Bien- se escucharon pasos –comencemos, quítenles las vendas-
Miré a mi alrededor y no pude reconocer a nadie más que a mi hermano. Él me observó confundido. Iba a decir algo pero la mujer que estaba de pie sobre la mesa lo silenció -la única que habla aquí soy yo- se descubrió el rostro. Era la posadera, sus ojos grises ya no expresaban cordialidad, ahora estaban envenenados de odio e indiferencia. Bajó de la mesa y se aproximó a nosotros, nos miró con detenimiento y con la mano llamó a alguien.
-¿Ya está listo?- preguntó a una joven, la cual asintió –bien, vamos-
Ya afuera me di cuenta dónde estábamos; la noche le daba una imagen lúgubre y sombría al puerto, es más, en ese momento creía que íbamos a perecer a manos de estas extrañas mujeres en ese mismo lugar.
-Escúchenme atentamente hombres- alternó su mirada entre ambos -han sido escogidos como sacrificio para el gran océano, sin embargo solo uno morirá, así que piensen bien- luego de eso nuestras captoras formaron un círculo y nos llevaron al centro -tienen cinco minutos-. Nos miramos fijamente sin pensar que decir, ¿teníamos qué elegir entre ambos? Pero si éramos hermanos. Javier rompió el silencio, rápidamente se aclaró la garganta y me dijo –tú ve- bajó la mirada -vive tú-
-¿Qué?- un aire refrescante recorrió mi rostro, de alguna manera me sentía aliviado -¿estás seguro?- intenté fingir preocupación
-Eres mi hermano, ¿Qué esperas que haga?- su mirada fue seria
-Ya fue suficiente- intervino la posadera -¿Qué han decidido?-
–Yo voy – respondió mi hermano
-Bien- suspiró decepcionada la posadera –desaten al otro-
Dos mujeres me quitaron las sogas, pensé que ahí terminaba todo, pero tenían otro plan. Nos llevaron a la orilla del mar e inmediatamente metieron a mi hermano hasta donde todavía podía mantenerse de pie.
-Metan al otro- ordenó la líder
-Ese no era el acuerdo- grite asustado intentando resistirme
-Nosotras no nos ensuciamos las manos- un escalofrío recorrió mi espalda -tú lo vas a ahogar-
-¡No!- chillé – ¡no lo voy hacer!-
-Entonces ambos morirán, tú decides-
Me acerqué a mi hermano, él me miraba seguro, sin expresar temor. Volví la mirada hacia el gran grupo de mujeres, inseguro de lo que estaba a punto de hacer. Mis manos temblaban, quería vivir pero a qué precio. Cerré los ojos y sumergí su cabeza en el agua. Al inicio pensé que los remordimientos iban a detenerme, pero mi deseo de vivir fue mucho más fuerte y se fue fortaleciendo cuando empecé a notar que mi hermano dejaba de patalear. En algún momento creí escuchar a mi hermano decir que quería vivir, pero si fue verdad no hice caso.
Si en ese instante hubiera sabido que no iba a ser libre, nunca hubiera cometido tal atroz crimen. Fui engañado por ellas y Javier fue el que sufrió las consecuencias. Mi hígado revienta de cólera de tan solo pensar cómo fuimos utilizados para su diversión, pues después de que se comprobó que estaba muerto, ellas rieron a grandes carcajadas como si de un día feliz se tratara.
-Fuera luces- gritó la guardia que custodiaba mi celda, tomándome por sorpresa a mitad de mi escrito –duerme bien, mañana es tu día-
El décimo quinto día de encierro amaneció con un sol abrasador. La puerta de metal se abrió inesperadamente y mostró a una mujer de cabellos negros sujetados por un pañuelo. Yo me encontraba tendido en el suelo sin haber terminado de tomar conciencia de lo que sucedía. Como esa noche, me sacaron, me vendaron y caminamos un largo rato hasta que súbitamente nos detuvimos.
-Bien eres libre- las vendas cayeron; al frente mío estaba la posadera jugando damas con su marido.
-¿Disculpa?- la miré extrañado -¿Qué acabas de decir?-
-Eres libre de irte de esta ciudad, aunque me temo decirte que no eres libre del asesinato de tu hermano-
-¡Ustedes me obligaron, malditas!- alcé la voz
-No, te equivocas- posó su soberbia mirada sobre mí –el único culpable aquí eres tú, el que tomó la decisión de matarlo fuiste tú- volvió a mover otra ficha –si tú hubieras sido el que te sacrificabas por la vida de tu hermano ambos se hubieran salvado, pero tú decidiste elegir tu bien - una sonrisa se dibujó en su rostro –eres como mi marido, él sacrificó a su esposa por su vida- el hombre no me miró –al fin y al cabo los de tu tipo son iguales; pero te vamos a dar una oportunidad- me volvió a mirar –tienes dos opciones: el irte y vivir con el peso de tu conciencia, o quedarte y vivir para nosotras y por nosotras-
Esa misma tarde recogí mis cosas de la habitación, me detuve un momento al observar las cosas de mi hermano, pensando en la decisión que estaba tomando. Una sonrisa se dibujó en mi rostro, era libre de tomar la decisión que quería.