martes, 24 de enero de 2012

Memorias de la Nana

Nunca supe cómo llegué a ese lugar. El portón alto y de plomo se alzaba imponente en medio de la calle y, en una esquina superior, un letrero muy pequeño de metal mostraba los números 1355. Esta era la casa que guardaba todos mis recuerdos de los cinco años de mi vida en Huancayo. Tuve una infancia feliz y placentera al lado de mi hermana gracias al gran patio que ocultaba el gran guardián plomo, y que nunca mas volvería a ver, porque ahora pertenecía a otra familia. Era de noche, me puse la capucha antes de darle otro vistazo a la gran puerta de metal. “Será mejor que tome un taxi, Mariana debe estar preocupada” suspiré, aturdida por el frío.

Ya en la calle principal, los recuerdos fluían sin control: campamentos improvisados que muchas veces se arruinaban por la lluvia, los intentos fallidos de regar las plantas sin ahogarlas, las veces que le jugué una broma a mi hermana; cómo olvidar cada buen momento que pasamos ambas en ese lugar. Daba un poco de pena saber que no era nuestro, saber que los nuevos habitantes no cuidarían nuestro preciado patio de juegos… ¿Quién sabe qué harían con ese gran pedazo de tierra? Pues así era como lo veían ellos, al fin y al cabo eran adultos y nunca estarían capacitados de entender todo lo que significaba para nosotras. Ahora me arrepiento; si tan solo hubiera sido adulta en esa época lo hubiera comprado y no dejaría que ningún ser humano toque nuestros queridos recuerdos, nadie los destruiría ni los marchitaría, las mismas flores y el mismo pasto crecería libre y ambas volveríamos de tanto en tanto a sentarnos sobre él, a sonreír con una gran sonrisa boba e inocente sin razón alguna.

-Al hotel “los balcones”-

-¿El que está al costado de la cafetería Coqui?- preguntó el taxista, mirándome por el espejo retrovisor.

-Sí, ese mismo- no le devolví la mirada, estaba preocupada por sacar mi celular del bolso.

-¿Aló?- preguntó la voz al otro lado de la línea

-Soy yo-

-¿Dónde estás?- inquiría preocupada –ya deberías estar en el hotel-

-Lo sé- respondí –solo que llegue a un lugar especial, el destino quiso que me despida de una vez por todas- sonreí

-¿Ah, de que estás hablando?- imaginé su cara confundida y comencé a reír

-No te preocupes, ya te contaré-

Dejé a mi hermana con la duda en la cabeza, pero tenía una corazonada de que ella ya sabía, pues siempre nos habíamos jactado de entendernos sin necesidad de cruzar ni una palabra. El carro entró por la calle Real y luego dobló a la altura del parque Constitución, para después perderse entre las pequeñas callecitas que ocultaba la gran catedral huancaína, y quien sabe que otras cosas ocultaba de esta vida.

-Llegas tarde- me fulminó con la mirada cuando me abrió la puerta –debes llamar cuando vas a demorar-

-Lo siento, pero el destino me llevo hasta nuestro gran patio de juegos- me quité los zapatos –sabes, el portón plomo no ha cambiado-

-Camila- suspiró –será mejor que duermas, mañana tenemos un largo día-

-Lo sé- me puse el camisón de pijama -¿llamaste a Maricarmen?-

-Sí, nos espera a las seis en su casa-

-Oh, vale- cerré los ojos y me dormí.

Desperté cuando las cortinas se corrieron, Esteban ya se había levantado y estaba por ingresar a la ducha.

-¿Ya estás despierta?- me saludó con un beso en la frente

-Ahora lo estoy- me estiré para quitarme el sueño -¿los chicos ya se levantaron?-

-No todavía están durmiendo- abrió la llave de la ducha -déjalos están de vacaciones-

-Sabes que a su edad lo máximo para mí eran las ocho de la mañana- me apoyé en el marco de la puerta del baño –los estas malcriando, después cuando sean grandes no me digas que yo fui la culpable-

En silencio fui a revisar lo que estaban haciendo los niños: Elena y Sofía dormían profundamente, debían estar cansadas, pues ayer habían tenido ballet. Matías ya estaba despierto, me saludo cuando sintió la puerta abrirse y continuo con su juego; a pesar de su corta edad poseía una gran imaginación que sus hermanas mayores envidiaban.

-¿Qué quieres desayunar, mi amor?- le acaricié la cabeza

-Tortillas de huevo con hot dog- su concentración era digna de admirar, reí un poco y luego lo dejé.

Ya en el desayuno, toda la mesa estaba llena de conversación y alboroto, cada uno se servía con su propia mano, a excepción de Matías, pues todavía tenía que ayudarle un poco.

-Mamá, he tenido un sueño extraño- dijo Sofía, mientras se servía un pedazo de tortilla.

-De qué se trataba-

-Soñé que estaba jugando con Elena en un patio enorme y verde… y nos divertíamos mucho-

-Ya veo- miré a Matías -¿quieres más o menos?-

-Más- contesto él

-¿Mamá, me estas escuchando?- inquirió Sofía

-Si te estoy escuchando- la miré –continua-

-No parece, pero bueno- suspiró –lo extraño fue que cuando estábamos acampando en el patio empezó a llover y tuvimos que ingresar a la casa, pero era imposible, pues un gran portón plomo nos impedía la entrada-. Me quede helada, había tenido un sueño parecido, es más el sueño de Sofía tenía una conexión directa.

-¿Cómo has dicho?-

-Nada… y que no pude entrar- tomó un sorbo de su leche –y me desperté-

-Tu tampoco has podido entrar al patio- intervino Elena sin mirarme

-¿Qué?- me puse pálida, sentí que este mundo ya no me pertenecía más

Cerré los ojos y cuando los abrí el comedor estaba vacío. Los asientos donde alguna vez estuvieron mis hijos no estaban, de hecho parecía que nunca habían existido.

debo despertarme

Abrí los ojos y me encontré en la oscuridad de la habitación, miré el reloj de la mesa de noche, eran las cuatro de la mañana.

-¿Qué pasa?- la lámpara se prendió y mostró a un joven a mi lado.

-¿Quién diablos eres?- me puse en pie de un salto -¿Dónde está Mariana?- miré a mi alrededor, no reconocía el lugar.

- Eh… soy Esteban, tu esposo-

-¿Así?- caí sentada en el suelo -¿Tenemos hijos?-

-No, acabamos de casarnos- me miró extrañado -¿estás bien?-

-No-

Fui al baño, abrí el caño y me mojé la cara. En el espejo no estaba mi reflejo, pero por alguna razón eso no me espantaba, al contrario, me parecía más normal que el haber despertado al lado de un completo extraño.

despierta de un condenada vez

El viento helado me despertó. Abrí los ojos confundida, no estaba segura de dónde estaba.

-Mamá, te hemos estado buscando por todos lados- una mujer muy guapa me miraba con cara de desaprobación –no sabes cómo lo has puesto a papá-

-¿Elena?- sí, la reconocía, es más, sabía su nombre.

-¿Quién más crees que soy?- miró mi regazo -¿estabas viendo las fotos?-. Bajé la mirada, en mi falda había un álbum de fotos de pasta marrón, -eso creo- musité volviendo en mí.

Subimos a la sala, yo llevaba el álbum bajo el brazo, planeaba mostrarlo a toda la familia, pues no siempre se tenía la oportunidad de compartir estos preciosos recuerdos sin que el tiempo te reclame.

-¿Qué tienes ahí, nana?- una inquieta Luciana perdía el control de sus impulsos por la curiosidad -¿puedo ver?- sus ojos brillaron.

-Lu, deja a la abuela que ella te lo enseñe- dijo una Sofía más madura y más sofisticada -¿verdad, mamá?-

-Uhmm- asentí con la cabeza –este es el culpable de que me haya sumergido hace un rato en profundos recuerdos distorsionados- reí, satisfecha de haber llegado por fin a mi época, a mi tiempo. Me senté en medio del sofá, en medio de mis nietos, en medio de toda mi familia y me sentí llena. Cada momento vivido había sido maravilloso, pero este en especial, era el más precioso, pues este era mi presente.

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